Todos
recordamos a personas que se quejan permanentemente. Suelen ser personas de
nuestro entorno profesional, familiar o social, de las que aunque queramos no
podemos huir. Con lo cual, tenemos que oír sus quejas y eso nos produce malestar.
Una
tendencia natural para ayudarles es darles consejos o intentar animarles. Pero
nos sentimos frustrados cuando vemos que no solo no escuchan nuestros consejos,
sino que parece que estos solo sirven para que se redoblen sus quejas.
Nosotros podemos pensar que sería fácil resolver los problemas de esa persona si ella siguiera nuestros consejos, pero para ella nuestros consejos no sirven
Las personas
quejosas necesitan que se les escuche, que se reconozca que tienen motivos para
quejarse y que se les dé alguna muestra de aprecio.
Si
queremos ayudarles tenemos que saber ver algo de cierto en lo que dicen cuando
se quejan, escucharles atentamente para poder entender que les pasa y que eso
nos permita ponernos en su lugar. Es decir, tendríamos que saber empatizar con sus pensamientos y con sus
sentimientos y si les escuchamos atentamente descubriremos que las quejas
disminuyen.
Esa actitud de escucha con
respeto y unas palabras que demuestren que realmente les hemos escuchado,
ayudan a que la persona quejosa se sienta comprendida y aceptada.
Es
costoso aprender a tener esa actitud, pero en la mayoría de los casos, si la
relación con esa persona es habitual y la apreciamos, aprender a enfocar la
relación de una forma que sea viable para ambos, hará más fácil la relación.
No es fácil aprender cómo ayudar a las personas quejosas. Por ese
motivo se han creado grupos de ayuda para personas que tienen que cuidar
personas con enfermedades crónicas, o profesionales que tienen que dirigir equipos
de trabajo, o que tienen tareas educativas en las que tienen que escuchar con
frecuencia quejas tanto de los alumnos como de los padres de estos.
También en los grupos familiares se encuentra siempre alguna
persona más quejosa que el resto que carga a los otros con las tensiones y estos
no saben con canalizar la situación.
Saber
escuchar a la persona quejosa y transmitirle algo que realmente la ayude, no
suele ser fácil porque la persona
quejosa nos suele despertar enfado, frustración y nos deja paralizados con sus quejas.
Pero también tenemos que entender que si pretendemos aconsejarles, sienten que
se les está imponiendo un cambio de actitud contra el cual se rebelan. Se
produce entonces sin darnos cuenta una pugna entre nosotros y la persona quejosa.





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