Tendríamos
que pensar que queremos decir cuando hablamos de “buena presencia”. No se trata
solo de tener un aspecto físico atractivo, de ser guapo-a. Se trata de tener una
actitud que denote confianza, desenvoltura y entusiasmo.
Estas cualidades
se perciben no por lo que decimos sino
por cómo son nuestros gestos, nuestro tono de voz, nuestras expresiones
faciales. Son aspectos que surgen de nuestro
estado de ánimo y de los que no somos conscientes la mayor parte de las veces.
No se pueden fingir porque los expresamos a través de nuestro lenguaje corporal,
de forma inevitable, aunque queramos disimular. Ese estado de ánimo surge
cuando estamos más c0nectados con nosotros mismos y nos sentimos en una situación
de armonía interior. Es entonces cuando somos más convincentes expresando nuestras
ideas y nuestros proyectos. Es entonces cuando podemos expresarnos con un entusiasmo que puede resultar contagioso.
La
confianza en nosotros mismos se percibe en nuestra forma de dirigirnos a los
demás. Es algo sutil, no tiene que ver con la arrogancia. La confianza en uno
mismo no está reñida con el respeto
hacia los demás. Esa confianza se rige más por el entusiasmo. Lo que perciben
los demás es que esa persona tiene ganas de trabajar, que tiene iniciativa, perseverancia.
Ese estado de ánimo
interior que genera el tener “buena presencia” ante los demás, puede variar según
diferentes momentos de nuestra vida, pero en realidad todos podemos manifestarla y se puede aprender a conservarla cuando la perdemos en los momentos críticos
de la vida. Lo más importante es que esa actitud interna nos permite afrontar
las situaciones difíciles sin ansiedad ni temor.


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