Ninguna de las dos opciones
ayuda a resolver el problema. En ambas aparecen pensamientos que no reflejan la
realidad tal como es. Tanto si nos culpamos a nosotros mismos como si culpamos
al otro, lo más probable es que estemos distorsionando la realidad.
Si culpamos al otro nos
sentiremos ofendidos, enfadados y dolidos.
Si nos culpamos a nosotros
mismos nos sentiremos avergonzados y eso nos generará angustia.
Ambas situaciones generan
mucho dolor.
Si observamos la conducta de
alguien que discute sintiendo que el otro es culpable veremos que sus
argumentos son siempre a la defensiva, ya que siente que su interlocutor no ha
actuado bien. La tendencia del que culpa al otro es de apartarse de la persona
que siente que le ofendió o bien buscar una revancha con lo cual se generan
nuevas discusiones y rencores.
En cambio la persona que tiende
a sentirse culpable suele alejarse de los demás por temor a ser criticada. Al apartarse,
pierde relaciones y va surgiendo en ella un sentimiento de fracaso y de desánimo.
Una solución alternativa en las situaciones conflictivas que
surjan en nuestra relación con los demás, seria pensar sin
prejuicios, en lo que ha sucedido intentando entender cual es el
problema
Eso nos ayudaría a ver
qué es lo que se puede hacer para resolver la situación.
Aunque estemos tristes, dolidos
o preocupados por la situación, si tenemos curiosidad por entender
podremos sentirnos mejor.
Poder hablar con la persona con
la que hemos discutido para aclarar las cosas puede ayudar siempre y cuando
estemos seguros de no acabar repitiendo la discusión.
Si la actitud mutua es de
respeto y comprensión se podrá restablecer la confianza y la relación será
satisfactoria para ambas partes.




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